domingo, 11 de enero de 2009

MUJER E IGLESIA

Desde que en el siglo IV, cuando tod@ creyente, sin influencia de ningún tipo de jerarquía, podía llevar a cabo el acto de comunión (lo que hoy entenderíamos por misa), hasta ahora donde una jerarquía católica perfectamente estructurada y dogmatizada que es capaz de dictar quién y qué es válido para la sociedad actual, ya han pasados muchos años, dedicados a perfeccionar el sistema católico a través de la táctica del miedo (pecado=infierno).

Esta postura tiene su justificación, una justificación tan coherente como que según el Antiguo Testamento, Eva, la primera mujer de la historia (((ojo!!, según el punto de vista cristiano) incitó a Adán a cometer el pecado original, y desde entonces se personificó a la mujer con el mal y el engaño y el hombre con la pureza y la inocencia. ((Pues si que empezamos bien!!

La historia ha sido testigo del patético espectáculo ofrecido por la jerarquía católica en el tema de la mujer, que como personificación del mal y ellos, hombres de Dios, debían tratar como un tema aparte. Durante muchos siglos evitando la participación de la mujer en la vida clerical (o en todo caso encomendándole tareas de poca monta) y hoy en día inmiscuyéndose en temas sociales tan delicados de tratar como el aborto, la anticoncepción o la planificación familiar, para encima ser víctima de histéricas campañas de repulsa por parte de las instituciones católicas, secundados por sus discípul@s convencid@s.

Abramos los ojos. En una sociedad supuestamente democrática no hay lugar para una institución que discrimina continuamente por razones de sexo; ya sabemos que según la iglesia la única razón de ser de la mujer en el mundo es su fecundidad, postura totalmente retrógrada, sexista y discriminatoria.

La hipocresía y la doble moral se hacen patentes cuando en 1.967, y bajo el papado de Paulo VI, aparece la encíclica que hace obligatorio el celibato (Sacerdotalis Coelibatus) entre el personal eclesiástico. Esta ley provoca que seres mentalmente inestables y sin personalidad propia (sacerdotes, víctimas de un salvaje adoctrinamiento católico en los seminarios) se conviertan en auténticos perturbados incapaces de controlar su cuerpo e intentan sacar provecho de su posición privilegiada. De esta manera aparecen sátiros de confesionario que juegan con la sutilidad y el engaño, además de aprovechar el bajo estado de ánimo de muchas de sus víctimas para hacer confundir el "amor a Dios" con el "deseo hacia el sacerdote".

Estas acciones son penadas por las leyes católicas con la secularización (excomunión) de estos sátiros de confesionario, pero a la jerarquía católica le conviene más alejar a éstos de donde se produjo otro hecho aislado a otra parroquia más tranquila, a prescindir de ellos en plenas crisis de fe y deficitaria plantilla de sacerdotes.

En definitiva, es totalmente incompatible el hecho de ser mujer con pertenecer a un iglesia (institución) que degrada a un ser por culpa de algún cromosoma fuera de lugar.

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