sábado, 25 de octubre de 2008

Ateo, ser o no ser

La fe en Dios no se adquiere ni se abandona a base de argumentaciones lógicas. Es el resultado de las primeras fases del aprendizaje social, en el hogar familiar y en la escuela.

La fe se adquiere en el seno de una tradición en la infancia de la vida. La fe suele abandonarse posteriormente a través de procesos complejos que requieren una fuerte inversión de esfuerzo intelectual.

El niño admite complacientemente una fe tan gratificante que no es probable que esté dispuesto a perderla en el resto de su vida. La persona madura que desconoce las tradiciones juzga la fe como un deseo pueril si no como una broma de mal gusto.

Sabemos que no existen mundos de hadas, pero nos es imposible probarlo. Dios y las hadas pertenecen a un universo mental del cual puede decirse lo que se quiera, ya que nada puede refutarse. Incluso en el terreno de lo empírico los juicios negativos de existencia son indemostrables.
Los ateos deben mostrar su presencia. El agnosticismo, como afirmación y no como mera negación, debe tener voz propia. La indiferencia o increencia de muchas personas que creen haber superado el estado de inercia de los hábitos religiosos heredados nunca llegará a alcanzar un estatuto definitivo mientras las personas ateas no se organicen, manifiesten públicamente su visión del mundo y denuncien todas las discriminaciones a que son sometidos respecto de las religiones tradicionales, que disponen de todo tipo de privilegios para avasallar a la sociedad. Hay que frenar el poder invasor de la religión, que sólo admite treguas pero nunca renuncias.

El drama de los agnósticos, ateos, escépticos, etc. radica en el hecho de que, por su propia lógica carecen de organización y de instancias colectivas que les permitan actuar como poder social y político.

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